De pie entre los muertos y los vivos

“Y tomó Aarón el incensario, como Moisés dijo, y corrió en medio de la congregación; y he aquí que la mortandad había comenzado en el pueblo; y él puso incienso, e hizo expiación por el pueblo. Y se puso entre los muertos y los vivos; y cesó la mortandad”.

Números 16:47-48


El pueblo de Israel se había rebelado contra Dios, contra Moisés y contra Aarón. Habían acusado a sus líderes de exaltarse a sí mismos, y el juicio divino llegó en forma de una plaga mortal. Miles ya habían muerto. En ese momento de ira justa, Aarón no se quedó atrás ni dijo: “Se lo merecen”. Corrió al centro del campamento, tomó el incensario, se colocó literalmente entre los cadáveres y los que aún respiraban, y ofreció incienso como acto de expiación. Se interpuso entre la muerte y la vida, y la plaga se detuvo.


Aarón no actuó por obligación fría. Actuó por amor. Un amor a Dios tan real que lo impulsaba a amar incluso a quienes lo querían muerto. Ese es el corazón de un verdadero intercesor: no deja que la gente reciba solo lo que “merece”, sino que se pone en medio del peligro para que muchos sean salvos.


En julio de 1941, en el campo de concentración de Auschwitz, un prisionero polaco escapó. Como castigo, el comandante nazi seleccionó a diez hombres al azar para encerrarlos en un búnker de hambre: sin comida, sin agua, hasta morir. Uno de ellos, Franciszek Gajowniczek, se derrumbó y gritó: “¡Mi esposa! ¡Mis hijos! ¡Nunca los volveré a ver!”


En ese instante, un sacerdote franciscano polaco, el padre Maximiliano Kolbe, dio un paso al frente. “Soy sacerdote católico —dijo—. Quiero tomar su lugar. Él tiene esposa e hijos; yo soy viejo y no tengo familia”. El comandante, sorprendido, aceptó el cambio.


Kolbe entró al búnker con los otros nueve. Durante dos semanas, en lugar de maldiciones o desesperación, los demás prisioneros escuchaban oraciones, himnos y palabras de consuelo. Kolbe los pastoreaba aun en la oscuridad de la muerte. Fue el último en morir: lo mataron con una inyección de fenol el 14 de agosto de 1941. Gajowniczek sobrevivió. Vivió hasta los 95 años y contó esta historia hasta el final de sus días: “Un extraño dio su vida por mí”.


Kolbe, como Aarón, se puso entre la muerte y la vida. No por alguien que lo merecía, sino por amor. Amor a Dios que se tradujo en amor sacrificial por un desconocido.


¿Cuántas veces vemos a alguien “merecer” las consecuencias de sus decisiones y nos apartamos? ¿Cuántas veces pensamos: “Que aprendan por las malas”? Pero el amor verdadero de Dios no funciona así. Nos llama a interceder, a ponernos en medio, a arriesgar comodidad, reputación o incluso seguridad por otros.


Tal vez no sea un campo de concentración ni una plaga. Tal vez sea orar con lágrimas por ese familiar que le ha herido, defender a alguien que todos rechazan, perdonar cuando todos dicen “tiene derecho a odiar”, o ayudar a quien nunca le devolverá el favor. El amor genuino a Dios siempre produce amor sacrificial por las personas, incluso por las difíciles. Ore para que el Señor le dé valor para ser ese “Aarón” o ese “Kolbe” en su círculo de influencia. El mundo necesita gente que se atreva a ponerse en medio.


Leer: Números 16-17; Salmo 62; Proverbios 18

En Números 16, cuando Coré y los 250 líderes se rebelaron contra Moisés, ¿qué hizo Moisés primero — antes de defenderse o responderles?