Yo Jehová
Levítico 22 y 23 no son simplemente una colección de normas ceremoniales; son una declaración del corazón de Dios hacia un pueblo que ya había sido redimido. Dios no comienza diciendo: “Compórtense bien para que Yo los salve”. Él comienza con: “Yo los saqué… ahora vivan diferente”. A lo largo de estos capítulos, el Señor repite una verdad central: “Yo Jehová”. No es una amenaza, es una razón. Es como si Dios dijera: “Recuerden Quién Soy Yo, y recuerden quiénes son ustedes ahora”.
Dios les pide que sean santos, limpios, apartados y reverentes. Les habla de no acercarse a lo inmundo, de no ofrecer sacrificios defectuosos, de no vivir en lo profano, y de cuidar la manera en que se presentan delante de Él. ¿Por qué tanto énfasis en la pureza? ¿Por qué tanto cuidado con lo que toca la muerte, la lepra, lo contaminado y lo impuro? Porque Dios los había sacado de Egipto. Porque Dios los había lavado. Porque Dios los había reclamado como Suyos. La santidad no es castigo; la santidad es identidad.
Dios no dice: “Sean santos porque son mejores que otros”. Él dice: “Sean santos porque Yo los hice Míos”. Un pueblo rescatado no puede vivir como si nunca hubiera sido liberado. Un pueblo lavado no puede volver a revolcarse en lo sucio. Un pueblo apartado no puede desear lo que antes lo tenía esclavizado. Ser santo no es ser extraño por gusto; es vivir recordando de dónde nos sacó Dios y a Quién pertenecemos ahora.
La impureza siempre está ligada a la muerte, al desorden y a la corrupción. Dios, en cambio, está ligado a la vida, a la luz y a la restauración. Cuando Él dice que se aparten de lo inmundo, no está diciendo que se alejen de las personas, sino que no adopten el pecado como estilo de vida. La separación no es aislamiento; es consagración. Es vivir con propósito, con dirección y con memoria espiritual.
En Levítico 23, Dios establece fiestas y tiempos santos. Él sabía que Su pueblo olvidaría rápido. Por eso les dio fechas, rituales y celebraciones: para que recordaran lo que Él había hecho por ellos. La santidad se debilita cuando se pierde la memoria. Cuando olvidamos quién es Dios, empezamos a vivir como si Él no gobernara. Cuando olvidamos lo que hizo por nosotros, comenzamos a comportarnos como si aún estuviéramos esclavizados.
Por eso Dios repite: “Yo Jehová”. Es una declaración de autoridad y también de amor. Es Dios diciendo: Yo te saqué, Yo te limpié, Yo te compré, Yo te llamé Mío. La santidad no empieza con conducta; empieza con gratitud. No somos diferentes para ser aceptados. Somos diferentes porque ya fuimos aceptados. No nos apartamos para que Dios nos ame; nos apartamos porque Él ya nos amó primero.
Ser santo no es perfección, es dirección. Es decidir cada día no volver a lo que nos contaminó, no jugar con lo que nos destruyó y no llamar normal a lo que Dios llama profano. Es vivir de tal manera que nuestra vida diga lo mismo que Dios declara con Su voz: “Yo Jehová”.
Y cuando comprendemos esto, la santidad deja de ser pesada y se vuelve lógica. ¿Cómo volver a Egipto si Él nos sacó? ¿Cómo vivir sucios si Él nos lavó? ¿Cómo amar la oscuridad si Él nos dio luz? Dios no pide santidad para controlarnos; la pide para protegernos. Porque un pueblo santo es un pueblo vivo, un pueblo limpio es un pueblo libre, y un pueblo apartado es un pueblo que refleja a su Dios.
Video de hoy: https://youtu.be/dsbTnHXe6M8
Leer: Levítico 22-23; Salmo 49; Proverbios 8
¿Cuántas veces parece "Yo Jehová" en capítulos 22 y 23 de Levítico?
