Una gota basta

“Así a hombres como a mujeres echaréis; fuera del campamento los echaréis, para que no contaminen el campamento de aquellos entre los cuales Yo habito”.

Números 5:3


Imagine un experimento sencillo. Tome un vaso con agua completamente limpia y transparente. Luego agregue una sola gota de tinta oscura, colorante para comida, gaseosa, etc. No necesita mucho. Solo una gota. En segundos, el agua cambia. Ya no es cristalina. La tinta se expande, se mezcla y afecta todo el vaso.


Eso es exactamente lo que Dios estaba enseñando a Israel. El campamento representaba el lugar donde Dios habitaba. No era un campamento cualquiera. Era el espacio donde la presencia del Dios santo moraba en medio del pueblo. Por eso la contaminación no podía ignorarse, no porque Dios fuera cruel, sino porque Su santidad no puede mezclarse con la impureza.


La razón es clara en el versículo: “…entre los cuales Yo habito”. Dios no estaba lejos. Él estaba allí. La presencia de Dios cambia los estándares. Si en un hospital hay una sala de cirugía, todo debe estar esterilizado. No se puede permitir contaminación, porque está en juego la vida. De la misma manera, cuando Dios habita en medio de Su pueblo, la santidad no es opcional.


El Señor dice: “Sed santos, porque Yo soy santo”. (1 Pedro 1:16) No es una exigencia caprichosa; es coherencia con Su naturaleza. Hoy el campamento ya no es un lugar físico. Ahora: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16) Somos el campamento. Por eso necesitamos reconocer que la contaminación se expande si no se trata.


Volviendo al vaso con tinta: si usted ignora la gota, no desaparece sola. Se mezcla más. Así es el pecado cuando se tolera. No se queda pequeño. “Un poco de levadura leuda toda la masa”. (1 Corintios 5:6) Dios enseñaba an Israel que lo que no se trata, contamina. Esto aplica en nuestra vida, en nuestro hogar y en la iglesia. Pero Dios no solo separa; también provee limpieza.


En Números, el impuro era puesto fuera del campamento. Pero en el Nuevo Testamento vemos algo impactante: Jesús salió fuera del campamento por nosotros: “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante Su propia sangre, padeció fuera de la puerta”. (Hebreos 13:12)


El que era puro tomó nuestro lugar. Él fue “echado fuera” para que nosotros pudiéramos ser reconciliados. Y ahora: “La sangre de Jesucristo Su Hijo nos limpia de todo pecado”. (1 Juan 1:7) Ya no somos expulsados sin esperanza; somos limpiados para que Dios siga habitando en nosotros. Hoy, ¿usted está fuera o dentro del campamento? Solo basta una gota para dañar la obra del Señor en nosotros.


Leer: Números 4–6, Salmos 56–57 y Proverbios 13

Sobre la ley de los celos, ¿qué verdad bíblica podemos entender y aprender?