Contemplar la influencia de Luis Castro
“Andad alrededor de Sion, y rodeadla;
Contad sus torres.
Considerad atentamente su antemuro,
Mirad sus palacios,
Para que lo contéis a la generación venidera”.
Salmo 48:12–13
Luis Castro nació en Sensuntepeque, cantón Nombre de Dios, El Salvador, el 11 de octubre de 1954. Fue el tercero de siete hermanos y creció en un hogar profundamente católico. Su padre, Miguel, era rezador, y desde niño estuvo rodeado de prácticas religiosas tradicionales. Desde temprano aprendió el valor de la fe, la disciplina y el respeto por las cosas de Dios, aunque aún no conocía personalmente el mensaje del evangelio.
A los 16 años, por razones de trabajo, llegó a una finca donde se preparaban hombres que habían entregado su vida al servicio misionero. En ese lugar comenzó a escuchar por primera vez el mensaje de salvación en Jesucristo. Al inicio, por compromiso, dijo haber recibido a Cristo; sin embargo, fue a los 18 años cuando afirmó con plena seguridad su certeza de salvación y tuvo un encuentro genuino con el Señor que transformó el rumbo de su vida.
En ese mismo tiempo conoció a Aracely, con quien contrajo matrimonio. Dios bendijo su hogar con cuatro hijos: David, Ruth, Samuel y Heber. Con el paso del tiempo, Luis fue nombrado administrador de la finca, destacándose por su responsabilidad, honestidad y diligencia. Su jefe era un misionero norteamericano que había venido al país con el propósito de establecer iglesias. Debido a la guerra civil en El Salvador, el misionero tuvo que salir del país, dejando a Luis encargado de la iglesia local. De esta manera, Dios comenzó a formar a Luis en el ministerio pastoral, desarrollando en él un profundo amor por la Palabra y por las almas.
Años después, debido a la intensificación del conflicto armado, Luis y su familia se trasladaron a Chetumal, México. Allí permanecieron durante aproximadamente quince años, tiempo en el cual Dios lo usó grandemente para plantar y fortalecer alrededor de diez iglesias bautistas. Su ministerio se caracterizó por la sencillez, la fidelidad doctrinal y un compromiso firme con la formación de nuevos líderes. No solo predicaba, sino que discipulaba, formaba obreros y animaba a otros a servir al Señor con todo el corazón.
En 1998, por motivos de salud, regresó a El Salvador junto con dos de sus hijos. Él pensó que regresaba para morir, pero Dios tenía otros planes. En la ciudad de Santo Domingo inició una nueva obra, la cual estableció y pastoreó con constancia y amor. Allí dejó una iglesia sólida, donde hoy muchos jóvenes sirven al Señor y hacen una diferencia en su comunidad.
En 2013, Luis Castro fue llamado a la presencia del Señor. Su partida dejó un profundo vacío, pero también un legado duradero de fe, obediencia y pasión por las almas. Su influencia no terminó con su muerte: sus hijos, nietos, sobrinos y familiares continúan sirviendo al Señor, así como la iglesia que dejó establecida en Santo Domingo, la cual sigue creciendo y formando nuevas generaciones de creyentes comprometidos.
Recientemente, su testimonio ha sido recogido en el libro “Una fe digna de imitar” del autor César Cerna, donde se resalta su vida de servicio, sacrificio y fidelidad a Dios. Su hija Ruth y su nieto adoptivo Santiago, quienes hoy asisten a nuestra iglesia en Cojutepeque, son testimonio vivo de una herencia espiritual que sigue dando fruto.
La vida de Luis Castro nos invita a contemplar cómo Dios puede tomar a una persona sencilla y usarla poderosamente para edificar Su obra. Su historia nos recuerda que Dios usa personas comunes para hacer obras extraordinarias cuando están dispuestas a obedecerle, dejando huellas que trascienden generaciones.
Leer: Levítico 19-21; Salmo 48; Proverbios 7
Mencione dos cosas que Jehová ordenó NO hacer en Levítico 19 relacionadas con prácticas paganas.
