Alma fastidiada
“Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano. Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel”.
Números 21:5-6
Hay momentos en la vida en los que el corazón se cansa aun caminando en la dirección correcta. No siempre el agotamiento viene por estar lejos de Dios; muchas veces aparece mientras seguimos Sus pasos. El camino parece largo, la provisión parece repetitiva y aquello que antes era milagro comienza a parecernos común.
El peligro no empieza cuando faltan las bendiciones, sino cuando el alma pierde la capacidad de reconocerlas. Es como quien vive junto al mar y deja de escuchar el sonido de las olas. El mar sigue allí, inmenso y fiel, pero el corazón ya no lo contempla con asombro. Así también sucede con Dios.
Cuando la gratitud se apaga, la murmuración encuentra espacio para crecer, y el alma comienza a fastidiarse. La queja no siempre nace del dolor; muchas veces nace de expectativas no rendidas. Queremos promesas sin procesos, respuestas sin espera y provisión sin dependencia diaria.
Pero Dios no solo nos lleva a un destino; Él forma nuestro corazón durante el camino. A veces permitimos que pensamientos venenosos entren silenciosamente:
• comparaciones,
• frustraciones,
• cansancio espiritual,
• recuerdos idealizados del pasado.
Son como pequeñas mordidas invisibles que poco a poco roban la paz. No destruyen de inmediato, pero debilitan lentamente. Sin embargo, el amor de Dios tiene una característica hermosa: cuando el ser humano reconoce su necesidad, la misericordia siempre abre un camino.
Dios pudo haber eliminado el problema instantáneamente, pero eligió enseñar algo más profundo: la vida no vendría del esfuerzo humano, sino de volver los ojos hacia Él.
Porque hay batallas que no se ganan luchando más fuerte, sino mirando en la dirección correcta.
Es como un niño que tropieza y corre llorando hacia su madre. La herida no sana porque el niño sea fuerte, sino porque sabe hacia dónde correr. La fe muchas veces es eso: volver la mirada...
No correr más rápido.
No demostrar más capacidad.
No aparentar fortaleza.
¡Solo mirar!
Mirar cuando duele.
Mirar cuando fallamos.
Mirar cuando reconocemos que solos no podemos.
Dios sigue ofreciendo vida a corazones cansados. No exige perfección para acercarse, solo humildad para reconocer necesidad. Quizá hoy no necesita nuevas fuerzas tanto como una nueva perspectiva. Tal vez la sanidad comienza cuando dejamos de mirar nuestras heridas, nuestras circunstancias o nuestros temores… y levantamos los ojos hacia Aquel que sigue siendo suficiente.
Porque cuando el corazón vuelve a mirar a Dios, incluso aquello que parecía muerte pierde su poder.
Leer: Números 21–22, Salmos 65 y Proverbios 20
¿Cuándo el pueblo de Israel tenía la victoria, qué hacían para dar gloria a Dios?
