Valorados por Dios: Diferentes, pero igualmente amados por igual

“En cuanto al varón de veinte años hasta sesenta, lo estimarás en cincuenta siclos de plata, según el siclo del santuario. Y si fuere mujer, la estimarás en treinta siclos. Y si fuere de cinco años hasta veinte, al varón lo estimarás en veinte siclos, y a la mujer en diez siclos”.

Levítico 27:3-5


En este pasaje, Dios da instrucciones precisas a Moisés sobre cómo valorar a las personas en el contexto de un voto especial o consagración. No se trata de un juicio de valor intrínseco, sino de una estimación práctica basada en edad y género, probablemente relacionada con la capacidad de trabajo o contribución en esa sociedad antigua. Un hombre en su plenitud física (20–60 años) se valora en cincuenta siclos; una mujer, en treinta; un joven varón (5–20 años), en veinte; y una joven, en diez.


En estos tiempos, donde tantos se esfuerzan por difuminar o eliminar las diferencias —entre géneros, edades, capacidades o recursos—, Dios nos muestra desde el principio que Él ve y reconoce nuestras distinciones. No somos todos idénticos; somos individuos únicos, creados con propósitos específicos. Él no nos mide a todos con la misma vara superficial, sino con justicia y sabiduría perfecta.


Pero aquí está la belleza del evangelio: estas diferencias no determinan nuestro valor ante Dios. Nadie es más o menos importante porque sea hombre o mujer, joven o mayor, rico o de pocos recursos. Todos somos hechos a Su imagen (Génesis 1:27), y el precio que pagó por cada uno de nosotros fue el mismo: la sangre de Su Hijo Jesucristo. En Cristo, no hay “judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). Las distinciones existen, pero no dividen ni jerarquizan nuestro valor eterno.


El principio bíblico “al que mucho se le dio, mucho se le demandará” (Lucas 12:48) nos recuerda que Dios nos ha dado a cada uno según Su designio: talentos, tiempo, recursos y oportunidades. A algunos les da más en ciertas áreas (como fuerza física en la juventud o responsabilidades mayores), y por eso espera más en proporción. Pero esto no es para compararnos ni envidiarnos, sino para motivarnos a usar lo que tenemos para glorificarle y bendecir a los demás.


Como cristianos, tenemos la hermosa oportunidad de reflejar el amor de Dios precisamente en medio de estas diferencias. Podemos valorar al niño, al anciano, al hombre fuerte, a la mujer sabia, al que tiene mucho o al que tiene poco. Podemos compartir el evangelio, servir con generosidad y mostrar que en el reino de Dios el valor no se mide en siclos de plata, sino en el amor infinito del Padre.


Considere hoy cómo está usando lo que Dios le ha dado —su edad, su género, sus recursos y sus habilidades— para honrarle y amar a los demás. Reconozca las diferencias en los otros sin juzgar su valor. Recuerde que Dios le ve tal como es, le valora inmensamente y le invita a vivir con generosidad proporcional a lo recibido. En Su sabiduría perfecta, las distinciones que Él establece no disminuyen a nadie, sino que resaltan la belleza de Su diseño único para cada uno de nosotros.


Leer: Levítico 26-27; Salmo 51; Proverbios 10

¿Cuál es la condición o el motivo por el que Dios promete enviar lluvia en su tiempo?