El precio de confiar en tus riquezas
“Pues por cuanto confiaste en tus bienes y en tus tesoros, tú también serás tomada; y Quemos será llevado en cautiverio, sus sacerdotes y sus príncipes juntamente".
Jeremías 48:7
Dios habla directamente contra Moab, uno de los muchos pueblos que enfrentaron Su juicio. Su pecado no fue solo la idolatría de Quemos, sino la confianza puesta en lo que podían ver, tocar y contar: sus riquezas, sus obras y su seguridad material. Creyeron que sus tesoros los protegerían, pero aquellos mismos bienes se convirtieron en la evidencia de su vacío espiritual.
Esta misma tentación sigue viva. Con frecuencia colocamos nuestra fe en lo temporal: la educación que abre puertas, el empleo que promete estabilidad, el dinero fácil o la posición que parece garantizar el futuro. Todo eso se puede medir y mostrar. En cambio, lo permanente permanece invisible: la fidelidad de Dios, Su presencia y el valor eterno de una vida rendida a Él. A lo largo de las Escrituras vemos una y otra vez que el Señor bendice la obediencia sencilla y la confianza en Su carácter, mientras que condena a quienes depositan su seguridad en lo que ellos mismos han construido.
La historia de John D. Rockefeller ilustra con claridad este peligro. Durante décadas fue el hombre más rico del mundo. Controlaba imperios industriales y acumuló una fortuna sin precedentes. Sin embargo, en los últimos años de su vida una enfermedad intestinal lo redujo a una dieta tan limitada que apenas gastaba un dólar al día en comida. A pesar de poseer más dinero del que cualquiera podría gastar, su cuerpo le recordaba diariamente que la riqueza no podía comprar salud ni detener el paso del tiempo.
Aquella limitación lo confrontó con una verdad sencilla: al final de la jornada, lo material no basta. Rockefeller dedicó entonces gran parte de su fortuna a obras de caridad, pero el hecho permanece: llegó cerca del final reconociendo que todo lo que había amontonado no llenaba el vacío más profundo.
Moab confió en sus tesoros y fue tomada. Rockefeller, con todo su poder económico, descubrió los límites de lo que el dinero puede ofrecer. Hoy Dios sigue llamando a Su pueblo a la misma decisión. Él no exige logros extraordinarios ni cuentas bancarias impresionantes. Pide obediencia sencilla, un corazón dispuesto a confiar en Él por encima de lo que se ve.
¿En qué está usted confiando hoy? ¿Dónde está puesta su atención principal? ¿Está realmente dispuesto a permitir que Dios trabaje en su corazón y a través de su vida, soltando lo temporal para aferrarse a lo eterno?
Leer: Jeremías 46-48; Salmos 121-125; Proverbios 25
¿Qué tenía en común los filisteos, Egipto y Moab en la lectura de hoy?
