El tiempo viene

“Y cuando sean cumplidos los setenta años, castigaré al rey de Babilonia y a aquella nación por su maldad, ha dicho Jehová, y a la tierra de los caldeos; y la convertiré en desiertos para siempre”.

Jeremías 25:12


Dios anunció con claridad que Su pueblo estaría en cautiverio bajo Babilonia durante setenta años. No fue un accidente ni una simple consecuencia política. Israel había tomado la decisión consciente de apartarse de Él, de ignorar Su voz y de seguir sus propios caminos. 


Durante un tiempo pareció que todo seguía adelante, pero el precio llegó: familias separadas, la tierra devastada y muchos muertos. Dios permitió que una nación impía sirviera como instrumento de disciplina.


Sin embargo, el versículo no termina allí. Cuando se cumplieran aquellos setenta años, el mismo Dios que usó a Babilonia también juzgaría a Babilonia. La nación que se había enorgullecido de su poder, que había oprimido y destruido, enfrentaría su propio desierto. 


Dios no pasa por alto la maldad de ninguna nación. Él levanta y derriba. Permite que una se levante por un tiempo y luego permite que otra la derribe. Es un ciclo que se repite a lo largo de la historia: naciones que se vuelven locas unas contra otras, que pelean, que se destruyen mutuamente, mientras Él sostiene el control soberano.


Israel se apartó. Babilonia se apartó. Otras naciones después de ellas también tomaron la decisión deliberada de rechazar los caminos de Dios. Por un momento disfrutaron de prosperidad, de poder, de aparente seguridad. Luego vino el juicio. Tierras arrasadas. Familias destrozadas. Multitudes muertas en batalla. Todo como resultado de haberse alejado de Él. 


Cuando un pueblo o una persona insiste en ir en la dirección opuesta a la voluntad de Dios, llega un punto en el que Él puede soltar las riendas. No porque haya dejado de amar, sino porque respeta la decisión obstinada. Y entonces la persona o la nación puede seguir corriendo sin freno por el camino equivocado, cada vez más lejos, cada vez más confusa, cada vez más destruida.


Qué lugar tan peligroso es ese. El lugar donde Dios permite que uno continúe sin restricción en la dirección que ha elegido. El lugar donde la prosperidad temporal se convierte en juicio costoso. El lugar donde la libertad que se pedía se convierte en esclavitud real.


Hoy es momento de detenerse y examinar con honestidad cada área de su vida. No de manera superficial. Pregúntese con seriedad: ¿está esta decisión, esta relación, este hábito, este plan, este deseo, alineado directamente con la obediencia a Dios y con Sus planes? ¿O hay zonas donde usted ha insistido en su propio camino y Él, en Su justicia, ha comenzado a soltarlo? No permita que el orgullo o la costumbre le impidan ver la verdad. La historia de las naciones es un espejo. Lo que ocurrió con Israel y con Babilonia puede ocurrir en la vida personal de quien se aleja. Vuelva. Examine. Alinee cada parte de su vida con Él mientras todavía hay tiempo para hacerlo con humildad.


Leer: Jeremías 23-25; Salmos 86-90; Proverbios 18

¿Que fue el propósito/resultado de la copa de furor de Dios para las naciones?