¿No os contamináis?

“Di, pues, a la casa de Israel: Así ha dicho Jehová el Señor: ¿No os contamináis vosotros a la manera de vuestros padres, y fornicáis tras sus abominaciones? Porque ofreciendo vuestras ofrendas, haciendo pasar vuestros hijos por el fuego, os habéis contaminado con todos vuestros ídolos hasta hoy; ¿y he de responderos yo, casa de Israel? Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no os responderé”.

Ezequiel 20:30-31


Este pasaje nos muestra a un Dios Santo que no acepta una relación basada solamente en apariencias. Israel ofrecía ofrendas, realizaba actos religiosos y externamente parecía acercarse a Dios, pero su corazón continuaba contaminado por la idolatría y la desobediencia. Por eso Dios los confronta y les hace ver que no pueden pretender agradarle mientras siguen aferrados a aquello que Él ha condenado.


Esto nos recuerda que Dios no mira únicamente lo que hacemos delante de los demás; Él mira nuestro corazón. Podemos participar en actividades espirituales, orar, cantar, servir y aun así permitir que existan áreas de nuestra vida que no hemos rendido completamente a Él. Dios no busca simplemente nuestras acciones; Él quiere un corazón que le sea fiel. La actividad espiritual nunca puede sustituir una vida de obediencia.


También es significativo que Dios les diga: “¿No os contamináis vosotros a la manera de vuestros padres?” El pueblo estaba repitiendo patrones de generaciones anteriores. De esto podemos aprender que la historia puede influir en nosotros, pero no tiene que determinar nuestro futuro. Hay comportamientos, pensamientos, actitudes o maneras de vivir que quizás hemos aprendido, pero que necesitamos reconocer delante de Dios y decidir no continuar reproduciendo. Dios es suficientemente poderoso para comenzar algo nuevo en nosotros.


A veces podemos pensar: “Así soy”, “así me enseñaron”, “siempre se ha hecho de esta manera”. Pero cuando Dios nos muestra algo que necesita cambiar, nuestra respuesta no debe ser justificarlo, sino permitir que Él transforme nuestro corazón. El pasado explica muchas cosas, pero no tiene autoridad para gobernar nuestra obediencia presente.


Este pasaje también nos lleva a examinar qué ocupa el primer lugar en nuestra vida. Un ídolo no necesariamente tiene que ser una imagen. Puede ser cualquier cosa que recibe nuestra confianza, nuestro tiempo, nuestros deseos o nuestra identidad por encima de Dios. Cuando algo comienza a ocupar el lugar que solamente le corresponde al Señor, nuestra relación con Él se ve afectada.


Por eso hoy necesitamos preguntarnos sinceramente: ¿Hay algo en mi corazón que está ocupando el lugar de Dios? ¿Estoy tratando de agradarle externamente mientras mantengo áreas que no quiero entregarle? ¿Hay algún patrón que Él me está llamando a abandonar?


Dios no nos hace estas preguntas para destruirnos, sino para llevarnos a la verdad. Su corrección es una expresión de Su santidad y también de Su amor. Él quiere que nuestra relación con Él sea genuina, no una apariencia religiosa.


Que nunca intentemos sustituir la obediencia con actividad espiritual. Dios no quiere solamente nuestras ofrendas; Él quiere nuestro corazón. No quiere solamente que hablemos de Él; quiere que nuestra vida le pertenezca. No quiere que repitamos los caminos de nuestro pasado; quiere guiarnos por Sus caminos.


Hoy podemos acercarnos al Señor con un corazón sincero y decirle: “Señor, muéstrame aquello que necesito dejar. Muéstrame cualquier cosa que haya ocupado Tu lugar en mi corazón. Ayúdame a no repetir aquello que no Te agrada y transforma mi interior para que mi vida Te honre”.


Porque cuando Dios ocupa verdaderamente el primer lugar, ya no necesitamos vivir una fe de apariencias. Nuestra obediencia nace de un corazón que reconoce quién es Él: un Dios santo, digno de toda nuestra confianza, fidelidad y adoración.


Leer: Ezequiel 18-20, Proverbios 4 y escribir Salmos 119:13-16 a mano

¿Qué refrán es mencionado en Ezequiel 18?