Yo soy de perfecta hermosura
Tiro no pedía consejo. Se miraba a sí misma y pronunciaba su propio veredicto. Dios mandó a Ezequiel que le hablara así: “Dirás a Tiro, que está asentada a las orillas del mar, la que trafica con los pueblos de muchas costas: Así ha dicho Jehová el Señor: Tiro, tú has dicho: Yo soy de perfecta hermosura”. Ezequiel 27:3
Esa frase no era modestia disfrazada. Era la confesión de una ciudad que había medido su vida por el éxito visible y se había declarado completa. Estaba a la orilla del mar, en el centro del comercio, y creía que esa posición era la prueba de que nada le faltaba.
Según los estándares del mundo, Tiro estaba en la cima. Sus constructores perfeccionaron su belleza. Sus naves salían con plata, hierro, púrpura, lino fino, marfil y hasta vidas humanas. Los reyes de la tierra se enriquecían con su mercancía. Los pueblos de muchas costas dependían de su tráfico. Quien mira solo lo que se puede contar, aplaudiría a Tiro. Pero Dios no pesa las ciudades como las pesan los mercaderes. Tiro no solo se jactó de sí misma; se alegró cuando Jerusalén fue quebrantada, pensando que la caída del pueblo de Dios sería su oportunidad para llenarse. El Señor le respondió que Él estaba contra ella. La hermosura que se proclama a sí misma no resiste cuando Dios decide derribarla.
La Palabra no quedó en el aire. Nabucodonosor asoló la Tiro del continente. La ciudad isleña, segura detrás del agua, se creyó todavía fuera de alcance. Siglos más tarde Alejandro Magno halló esa misma isla y no aceptó su desafío. Durante siete meses sus hombres echaron al mar las piedras y las maderas de la ciudad vieja, levantaron un malecón sobre el banco de arena que ya existía bajo las olas y caminaron hasta los muros que Tiro llamaba perfectos. La isla fue conquistada. Lo que el orgullo llamó inexpugnable quedó unido a tierra por el mismo material de su propia ruina. Ir contra Dios siempre es perder. No hay flota, ni riqueza, ni fama de hermosura que gane esa guerra.
Tiro fue advertida. No se volvió. Enfrentó las consecuencias. Usted no vive en aquella costa fenicia, pero el mismo patrón todavía seduce: declararse completo por lo que se tiene, medir la vida por el puesto que se ocupa, y pasar de largo cuando el pueblo de Dios sufre, con tal de no perder ventaja. El Señor no ha cambiado. Él sigue oponiéndose al orgullo y sigue honrando al que se humilla. La diferencia es que usted tiene lo que Tiro despreció: la Palabra de Dios, viva y a la mano, para mostrarle el peligro antes de que el daño llegue. Es mejor apartarse ahora de la jactancia, de la ganancia sin temor de Dios y de la seguridad que no consulta al Señor, que recoger después los restos de una vida que se creyó hermosa y resultó vacía. La verdadera hermosura no se anuncia. Se recibe cuando el corazón se rinde y decide hacer lo recto mientras todavía hay tiempo.
Leer: Ezequiel 25-27, Proverbios 7 y escribir al mano Salmos 119:29-32
¿Por qué fueron condenadas las ciudades mencionadas en la lectura de hoy?
