Bendito sea el Dios de ellos

“Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios”.

Daniel 3:28


Cuando el rey Nabucodonosor contempló el milagro de aquellos tres hombres que salieron del horno completamente ilesos, en circunstancias que habrían acabado con la vida de cualquier otra persona, se vio obligado a reconocer humildemente que estaba equivocado. De inmediato señaló que Sadrac, Mesac y Abed-nego servían al Dios verdadero. El fuego no había tocado ni un cabello de sus cabezas, ni siquiera el olor a humo se percibía en sus vestiduras. Ante una evidencia tan clara del poder de Dios, el orgullo del monarca no pudo sostenerse.


A causa del orgullo, con frecuencia somos incapaces de admitir nuestros errores. Nabucodonosor era, sin duda, un hombre sumamente orgulloso; por eso exigía que todos se inclinaran ante una estatua de oro que representaba su propia grandeza. Había puesto su nombre y su autoridad por encima de todo. Sin embargo, al ver la realidad de Dios de manera innegable, comprendió que la verdad de quién es el Señor era más importante que la reputación de su propio nombre. El rey no justificó su decreto anterior ni minimizó lo sucedido. En cambio, bendijo públicamente al Dios de aquellos siervos fieles.


Hay que darle crédito al rey por aquella declaración. Delante de sus oficiales y de toda la corte admitió que se había equivocado y animó a otros a honrar al único que verdaderamente puede transformar vidas: Dios mismo. No se limitó a un reconocimiento privado. Aquel acto de humildad, aunque tardío, mostró que incluso un corazón endurecido por el poder puede doblegarse cuando se enfrenta a la realidad de Dios.


Es fácil encerrarse en un pensamiento o en algo que se creyó verdadero por mucho tiempo e ignorar la verdad real y la necesidad de la presencia de Dios. El orgullo insiste en que la posición o la imagen propia queden intactas, aunque ello signifique resistir lo que el Señor está mostrando. Contemplar este pasaje confronta con una pregunta necesaria. ¿Hay áreas en su vida en las que usted intenta colocarse por encima de la posición que solo corresponde a Dios? ¿Existen errores que usted se niega a admitir porque hacerlo afectaría su nombre o la imagen que desea proyectar? El Dios que envió Su ángel al horno sigue siendo el mismo. Él no cambia. Lo que sí puede cambiar es un corazón que, al ver Su realidad, deja de defender su propio nombre, admite su error, se dispone a cambiar y bendice al Dios verdadero.


Video de hoy: https://youtu.be/BsZkog5bAWU


Leer: Daniel 1-3, Proverbios 15 y escribir Salmos 119:89-96

¿Cómo le contó el rey el sueño a los sabios cuando pidió la interpretación?