Ruinas reedificadas
“Así ha dicho Jehová el Señor: El día que os limpie de todas vuestras iniquidades, haré también que sean habitadas las ciudades, y las ruinas serán reedificadas. Y la tierra asolada será labrada, en lugar de haber permanecido asolada a ojos de todos los que pasaron. Y dirán: Esta tierra que era asolada ha venido a ser como el huerto de Edén; y estas ciudades que eran desiertas y asoladas y arruinadas, están fortificadas y habitadas”.
Ezequiel 36:33-35
Es significativo que Dios mencione primero la limpieza de las iniquidades y después la reconstrucción de las ruinas. Esto nos enseña que la verdadera restauración comienza en el interior. Dios no solamente quería reconstruir ciudades; quería tratar primero con aquello que había llevado a Su pueblo a la ruina. Muchas veces nosotros deseamos que Dios cambie nuestras circunstancias, pero Él desea comenzar transformando nuestro corazón. Su obra más profunda no consiste solamente en hacer que las cosas vuelvan a funcionar, sino en limpiarnos, corregirnos y acercarnos nuevamente a Él.
El pasaje también nos recuerda que Dios puede restaurar aquello que parece perdido. Las ciudades que estaban desiertas serían habitadas, las ruinas serían reedificadas y la tierra que había quedado asolada volvería a ser cultivada. Dios podía tomar un lugar que hablaba de destrucción y convertirlo en un lugar de vida y abundancia. Incluso llegarían a decir: “Esta tierra que era asolada ha venido a ser como el huerto de Edén”.
Quizá en nuestra vida existen áreas que sentimos que están en ruinas. Tal vez hay sueños que quedaron destruidos, relaciones que necesitan restauración, etapas que dejaron heridas o aspectos de nuestro carácter que reconocemos que necesitan ser transformados. Este pasaje nos recuerda que nuestras ruinas no son demasiado grandes para Dios. Él puede hacer una obra nueva donde nosotros solamente vemos desolación.
Pero debemos recordar que la restauración de Dios no siempre significa simplemente recuperar exactamente lo que perdimos. A veces Dios restaura haciendo algo nuevo y más profundo en nosotros. Él toma lo que estaba quebrado y lo utiliza para enseñarnos a depender de Él; toma nuestra debilidad y nos muestra Su poder; toma nuestro pasado y lo convierte en un testimonio de Su gracia.
La frase “Yo Jehová lo he hablado, y lo haré” que aparece en el contexto de este capítulo nos ayuda a descansar en el carácter de Dios. Él no promete algo que sea incapaz de cumplir. Cuando Dios promete hacer una obra, Su poder es suficiente para llevarla a cabo.
Por eso, no debemos mirar nuestras circunstancias actuales como si fueran el final de nuestra historia. Una tierra desolada podía convertirse en un huerto; ciudades arruinadas podían volver a ser habitadas. Si Dios podía transformar la desolación de Israel en restauración, podemos confiar también en Su poder para obrar en las áreas de nuestra vida que ponemos en Sus manos.
Hoy podemos acercarnos al Señor con humildad y decirle: “Señor, limpia primero mi corazón. Muéstrame aquello que necesita cambiar y haz en mí la obra que solamente Tú puedes hacer”. Y después podemos confiar en que Él sabe cómo restaurar, reconstruir y dar fruto en el momento que Él determine.
No importa cuán grande parezca la ruina. Cuando Dios interviene, la ruina no tiene la última palabra. Él puede transformar la desolación en vida, las ruinas en algo nuevo y aquello que parecía perdido en un testimonio de Su poder y Su fidelidad.
Leer: Ezequiel 34-36, Proverbios 10 y escribir Salmos 119:49-56
Según la lectura, ¿qué actitud tomaron los pastores que hizo que Jehová estuviera contra ellos?
