Contemplar Su gloria

“Y he aquí la gloria del Dios de Israel, que venía del camino del oriente; y su sonido era como el sonido de muchas aguas, y la tierra resplandecía a causa de su gloria”.

Ezequiel 43:2


Después de todas las visiones de juicio, pecado y destrucción que Ezequiel había contemplado, el capítulo 43 le presenta una escena maravillosa: la gloria de Dios. Ezequiel vio venir la gloria del Dios de Israel, escuchó un sonido como el de muchas aguas y vio la tierra resplandecer a causa de Su gloria. Poco después, la gloria de Jehová entró en la casa. Ante aquella manifestación, Ezequiel se postró sobre su rostro.


Hay momentos en los que necesitamos hacer lo mismo: detenernos. Vivimos ocupados. Pensamos en lo que debemos hacer, en lo que todavía falta, en nuestros problemas, responsabilidades y preocupaciones. Corremos de una actividad a otra y nuestra mente continúa llena aun cuando nuestro cuerpo se detiene. Pero ¿cuándo fue la última vez que simplemente esperó delante de Dios y contempló Su gloria?


Contemplar significa detenerse para mirar con atención, reflexionar y considerar. No es mirar de pasada. Es permitir que aquello que vemos nos lleve al asombro. Ezequiel no solamente recibió información acerca de Dios; contempló Su gloria. Y cuando verdaderamente la vio, su respuesta fue postrarse.


Quizá nosotros también necesitamos volver a asombrarnos. Necesitamos contemplar la grandeza de Dios, Su presencia, Su poder y Su fidelidad. Necesitamos recordar que Él sigue gobernando. Su trono no está vacío. Está ocupado. Nada ha tomado a Dios por sorpresa. Ningún gobierno, ninguna nación, ninguna crisis ni ninguna circunstancia personal ha escapado jamás de Su conocimiento o de Su autoridad.


A veces contemplamos durante horas aquello que nos preocupa y solamente unos minutos a Aquel que tiene todo bajo Su control. Miramos nuestros problemas hasta que parecen enormes, pero olvidamos levantar nuestros ojos para contemplar la grandeza de nuestro Dios.


Por eso, espere. Deténgase. Reflexione. Disfrute de la presencia de Dios. Abra Su Palabra y considere quién es Él. Mire Su creación. Recuerde Sus obras en su propia vida. Piense en Su fidelidad. Permítase quedar asombrado nuevamente por Dios.


Cuando contemplamos verdaderamente Su gloria, algo cambia en nosotros. Nuestros problemas no siempre desaparecen, pero dejan de ocupar el trono. Nuestro corazón recuerda quién realmente reina. Y, como Ezequiel, nuestra respuesta natural debería ser inclinarnos delante de Él con reverencia, adoración y asombro.


No permita que una vida ocupada le robe el tiempo de contemplar a Dios. Su gloria merece más que una mirada rápida. Deténgase. Espere. Contemple. Y recuerde: el trono está ocupado. Dios sigue reinando.


Leer: Ezequiel 43-45, Proverbios 13 y escribiendo Salmos 119:73-80

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