Contemplar el diezmo
“y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano. Y le dio Abram los diezmos de todo.”
Génesis 14:20
Al comenzar las Escrituras, somos llevados a contemplar a un Dios inmensamente grande, sabio y soberano. En tan solo once capítulos del libro de Génesis, se despliega una historia vasta y profunda: Dios crea el universo con orden perfecto, establece sistemas que sostienen la vida, forma al hombre con propósito y le concede libre albedrío. Cuando el pecado entra, Dios no abandona a Su creación; establece el sacrificio como medio de expiación, muestra misericordia y gracia, y aun cuando juzga al mundo con el diluvio, lo hace con la intención de comenzar de nuevo. El arcoíris se convierte en señal de Su pacto, recordándonos que Dios es fiel a Sus promesas.
Dios también establece leyes y estructuras para el bien de la humanidad, y cuando el hombre intenta exaltarse a sí mismo en la torre de Babel, el Señor confunde las lenguas para que Su creación aprenda a depender de Él y no de su propia fuerza. Todo esto ocurre en apenas once capítulos, cubriendo aproximadamente mil años de historia humana. Desde el inicio, Dios se revela como el centro de todo: digno de confianza, digno de obediencia y digno de adoración.
A partir de Génesis 12, el enfoque se vuelve más personal a través de la vida de Abraham. En él vemos principios eternos para la vida del creyente: seguir a Dios sin conocer todos los detalles, obedecer Su voz, confiar en Su plan, mantenerse firme en lo correcto y vivir por fe. Y es en Génesis 14 donde aparece un principio que fluye de manera natural de una vida que contempla a Dios correctamente: el diezmo. Abraham, después de reconocer la victoria que Dios le había dado, entrega el diezmo de todo a Melquisedec (Génesis 14:20). No hay debate, no hay queja, no hay resistencia. Simplemente honra a Dios, porque ha contemplado cuán grande es Él.
El diezmo es la entrega a Dios del diez por ciento de nuestros bienes como reconocimiento de que todo proviene de Él. Este principio no se limita a Génesis: lo vemos establecido más adelante en la Ley (Levítico 27:30), reafirmado en los profetas (Malaquías 3:8-10) y sostenido en el corazón del Nuevo Testamento como una expresión de adoración, obediencia y fe. No se trata solo de un acto financiero, sino de una declaración espiritual: Dios es el Dueño, y yo soy administrador.
Para Abraham, dar fue natural porque su visión de Dios era correcta. Cuando contemplamos la grandeza, la provisión y la fidelidad de Dios, dar deja de ser una carga y se convierte en un privilegio. La bendición no precede a la obediencia; la obediencia abre la puerta a la bendición. Dios mismo pregunta: “¿Robará el hombre a Dios?” (Malaquías 3:8). Esta pregunta no busca condenar, sino confrontar nuestro nivel de confianza en Él.
Hoy, la aplicación es personal. Dar de sus bienes esta semana no debería ser algo forzado, sino una respuesta natural a quién es Dios. Su manera de dar revela en quién confía. ¿Está confiando en sus propios recursos o en el Dios que sostiene todos los sistemas del universo? El dar demuestra fe, honra y una visión correcta de Dios.
Contemplar a Dios transforma nuestra manera de vivir, y también nuestra manera de dar. Cuando Él es verdaderamente Dios en el trono de nuestro corazón, la obediencia fluye, la confianza crece y la bendición llega en Su tiempo perfecto. La pregunta final es clara: ¿refleja su manera de diezmar la bondad y la grandeza del Dios que usted contempla?
Video de hoy: https://youtu.be/rlqqUlBQNiA
Leer: Génesis 12-15; Salmo 6, Proverbios 4
¿Cuántos hombres armados nacidos en la casa de Abram salieron con él para rescatar a Lot?
