Sirviendo con lo que Dios ha puesto en nuestras manos
“Y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes”.
Lucas 8:2-3
Estos dos versículos parecen fuera de lugar a primera vista. El Evangelio menciona a mujeres específicas que viajaban con Jesús y servían junto a Él y a los doce. Esa compañía no era casual. Formaban parte del grupo cercano que acompañaba Su ministerio itinerante. La Biblia no añade más detalles sobre sus conversaciones diarias ni sobre cómo organizaban cada jornada, pero sí registra el hecho esencial: estaban allí, sirviendo.
Lo que llama la atención es quiénes eran. María Magdalena había sido liberada de siete demonios. Juana era esposa del intendente de Herodes, una conexión política que muchos habrían considerado riesgosa o inconveniente. Susana y las demás aparecen sin títulos ni antecedentes destacados. No son el grupo que la mayoría de nosotros elegiría para iniciar una obra o para confiarle la administración de recursos. Sin embargo, Jesús las invitó a servir de cerca. Él vio potencial donde otros solo verían obstáculos o historiales complicados. Ellas respondieron con disposición y con gozo, usando lo que tenían.
El texto añade un detalle sencillo y profundo: “le servían de sus bienes”. No dependían de fondos ajenos ni de una estructura elaborada. Usaban lo que Dios ya había puesto en sus manos. Esa entrega no era un sacrificio extraordinario ni una renuncia dolorosa. Era la consecuencia natural de haber puesto a Dios en primer lugar. Cuando Él ocupa el centro, lo que poseemos deja de ser solo para nosotros y se convierte en instrumento de servicio. La razón por la que esas posesiones están en nuestras manos es precisamente para que las usemos en Su obra.
Es fácil complicar la vida cristiana. Buscamos métodos elaborados, requisitos adicionales o condiciones ideales antes de servir. Sin embargo, la realidad es más directa. Poner a Dios primero nos lleva a buscar maneras de darle a Él nuestra atención y nuestros recursos. No se trata de dar lo que no tenemos ni de forzar un compromiso que no nace de la fe. Se trata de reconocer que lo que Él ha confiado a nuestro cuidado existe para ser empleado con propósito.
Hoy es necesario evaluar dos cosas con honestidad. Primero, si estamos juzgando a alguien por su situación pasada o presente, descartando su potencial porque no coincide con el perfil que nosotros preferiríamos. Jesús no hizo eso con estas mujeres. Segundo, si estamos sirviendo verdaderamente con todo lo que Él ha colocado en nuestras manos. Eso requiere fe para confiar, equilibrio para no descuidar otras responsabilidades y sabiduría para usar bien lo recibido. Cuando esas tres virtudes operan juntas, el servicio deja de ser complicado y se convierte en la expresión natural de un corazón que ha puesto a Dios en primer lugar.
Leer: Lucas 8-9, Proverbios 27 y Salmos 79-81
Pregunta: En su experiencia personal, ¿Qué tierra cree que es más prevalente en la parábola de Jesús?
