Compasión por los hambrientos

“Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer”. 

Marcos 8:2 


La escena describe una situación que se sale de lo ordinario. Una gran multitud había permanecido junto a Él durante tres días completos. No había ninguna promesa de alimento, ninguna promoción especial, ni siquiera certeza de cuándo terminarían las enseñanzas. Estas personas no eran seguidores de largo tiempo; eran hombres y mujeres que apenas comenzaban a conocer a Jesús. Sin embargo, Sus palabras las habían capturado de tal manera que olvidaron las necesidades normales de la vida cotidiana.


Habían llegado desde lejos. Jesús mismo indicó que, si los enviaba de regreso en ayunas, se desmayarían en el camino. Aun así, se quedaron. Cuando se les acabó la comida, no se marcharon. Su deseo de escuchar a Jesús superó el hambre física y las incomodidades del lugar. Es como si todo lo demás se hubiera detenido: las responsabilidades familiares, las preocupaciones diarias, incluso el instinto básico de buscar sustento. La enseñanza de Jesús se convirtió en lo más importante. En ese momento, nada competía con Él y con lo que Él decía. Sus palabras eran vida, y eso bastaba.


Hoy contamos con la misma Palabra de Dios. Las Escrituras nos presentan a Jesús con la misma autoridad y poder transformador. Sin embargo, a menudo escuchamos quejas cuando un sermón se extiende más allá del tiempo programado. Revisamos el reloj, pensamos en lo que sigue o nos impacientamos. Qué contraste con aquella multitud. Ellos no tenían un horario limitado ni incentivos materiales; simplemente permanecieron porque las palabras de Jesús cambiaban sus vidas. No necesitaban promociones ni promesas de comida; Su enseñanza era suficiente.


Qué gran gozo es permitir que la Palabra de Dios nos cambie y nos transforme. Cuando nos acercamos a ella con la misma intensidad que aquella multitud, descubrimos que Él satisface el hambre espiritual y renueva nuestra mente. Su compasión no se limitó a alimentarlos físicamente después de tres días; primero los había alimentado con la verdad. Él cuida tanto el cuerpo como el alma, y Su Palabra sigue siendo el medio por el cual Él obra en nosotros hoy.


Evalúe en su vida normal cuán intencional es usted al aprender de la Palabra de Dios. En sus devociones personales de la mañana, ¿busca realmente comprender y aplicar lo que lee, o lo hace de manera rutinaria? Cuando asiste a la predicación y la enseñanza, ¿su atención permanece fija en lo que el Señor quiere decirle, o se distrae con facilidad? Permita que el ejemplo de esta multitud lo desafíe a dar a la Palabra de Dios el lugar central que merece, confiando en que Él, en Su compasión, lo transformará mientras usted permanece atento a Su voz.


Leer: Marcos 8-9, Proverbios 18 y Salmos 52-54

Pregunta: ¿Qué causó a Jesús a gemir en Su Espíritu?