Amad a vuestros enemigos

“Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian”...

Lucas 6:27-28


Jesús habla a quienes oyen Su voz y les ordena algo que choca de frente con el instinto natural de la carne. La reacción de la carne es devolver mal por mal, guardar rencor y protegerse de quien nos hace daño. Muy pocos admiten tener verdaderos enemigos, y amar a quien intenta hacernos daño no es una respuesta normal ni humana. Esa manera de actuar solo es posible cuando el Espíritu Santo llena a una persona y la capacita para vivir de modo distinto. 


Gran parte de la enseñanza de Jesús contradice lo que muchos esperarían, precisamente porque una vida vivida en el Espíritu es radicalmente diferente de una vida vivida en la carne. El discípulo no se guía por lo que siente o por lo que la sociedad considera justo, sino por la voluntad del Padre que es benigno aun con los ingratos y malos.


En 1922, el periódico Lexington Herald de Kentucky publicó la historia de las gemelas Mae Peake y Bell Billings, nacidas en Maine en 1839. Se querían profundamente y vivieron juntas casi toda su vida, pero pelearon durante 61 años por la Guerra Civil de los Estados Unidos. El esposo de Mae había luchado por el Sur y el de Bell por el Norte; ellas tomaron el lado de sus maridos y nunca dejaron de discutir quién había tenido la razón. Sus esposos murieron años antes, pero la disputa continuó. Un día, a los 83 años, mientras preparaban manteca de cerdo en el patio de su casa en Texas, Mae le dijo a su hermana: “Creo que nos estamos haciendo viejas… Si dejas de mencionar la guerra, yo también lo haré. Creo que tú tienes parte de razón”. Bell respondió que llevaba años queriendo dejar de hablar de eso, pero no había querido ceder, y ambas acordaron no mencionar más el asunto. 


Una disputa de más de seis décadas terminó porque una hermana decidió dejar de pelear y ofrecer paz.


Esa escena ilustra lo que Jesús enseña. Amar al enemigo no es sentir cariño natural hacia quien nos lastima; es decidir hacerle bien, bendecirlo y orar por él. Es ir en contra de lo que la carne pide. Solo una persona llena del Espíritu Santo puede responder así, porque el amor de Cristo ha transformado su corazón. 


Usted ha recibido de Cristo un amor que no merecía, un perdón que no se ganó y una gracia que no se acaba. Ese mismo amor debe fluir hacia otros, incluso hacia quienes no lo merecen.


Contemple hoy si hay alguien en su vida que no está recibiendo de usted el amor que usted recibe de Cristo. Puede ser un familiar con quien lleva años distanciado, un vecino que le ha hablado mal o alguien que le ha hecho daño. El Espíritu Santo no le pide que ignore el dolor, pero sí le pide que haga los ajustes necesarios: ore por esa persona, bendígala en lugar de maldecirla y, si es posible, dé un paso concreto de amor. 


Una vida vivida en el Espíritu se nota precisamente en estos momentos, cuando la carne quiere vengarse y el creyente elige amar como Cristo le ha amado.


Leer: Lucas 6-7, Proverbios 26 y Salmos 76-78

Pregunta: ¿En qué contexto Jesús enseñaba acerca del fundamento de la casa?