Una casa de verdad
“Y volveré a Sion, y moraré en medio de Jerusalén; y Jerusalén se llamará Ciudad de la Verdad, y el monte de Jehová de los ejércitos, Monte de Santidad”.
Zacarías 8:3
Después de años de cautiverio, el pueblo de Israel necesitaba recordar que Dios no había terminado con ellos. En Zacarías 8, el Señor les dio promesas de restauración y les habló de un día en que volvería a habitar en medio de Su pueblo. Jerusalén sería conocida como la “Ciudad de la Verdad”. ¡Qué descripción tan extraordinaria! Dios no solamente quería reconstruir sus calles y restaurar sus muros; también quería que la verdad caracterizara la vida de quienes habitaban allí.
En los versículos 16 y 17, Dios explica cómo debía verse esa verdad en la práctica: “Hablad verdad cada cual con su prójimo; juzgad según la verdad y lo conducente a la paz en vuestras puertas. Y ninguno de vosotros piense mal en su corazón contra su prójimo, ni améis el juramento falso; porque todas estas son cosas que aborrezco, dice Jehová”.
Observe que Dios no se limitó a decirles que debían creer en la verdad. Les dijo que debían hablar verdad, juzgar con verdad y rechazar aquello que era falso y malo. La verdad debía formar parte de sus conversaciones, sus decisiones, sus relaciones y sus pensamientos. No podía ser solamente algo que afirmaban creer; tenía que ser algo que practicaban.
Pero ¿qué es la verdad? En un mundo donde cada persona parece querer definirla a su manera, necesitamos recordar que la verdad no cambia según nuestras preferencias ni se acomoda a nuestras circunstancias. Dios es verdadero, Su Palabra es verdad y Él nos llama a vivir conforme a lo que ha declarado. Eso significa que no debemos cambiar nuestra versión de los hechos para quedar bien, esconder lo que hicimos para evitar consecuencias ni decir lo que otros quieren escuchar cuando sabemos que no es verdad. Tampoco debemos usar la verdad como excusa para herir; debemos hablar con sinceridad, amor y un deseo genuino de hacer lo correcto.
Ahora, llevemos esta enseñanza al lugar donde nuestra vida se conoce más de cerca: nuestro hogar. Si Jerusalén debía ser una ciudad de verdad, ¿no deberíamos desear que nuestro hogar también sea un lugar caracterizado por ella? ¿Hablamos con la verdad con nuestra familia, incluso cuando admitirla nos cuesta? ¿Reconocemos nuestros errores o buscamos excusas? ¿Somos las mismas personas en casa que los demás conocen en público? Es posible mantener una buena reputación delante de otros y, sin embargo, permitir que en nuestro hogar haya palabras engañosas, promesas incumplidas, resentimientos escondidos o actitudes que no reflejan lo que decimos creer.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la familia Ten Boom, en Haarlem, Holanda, nos dejó un ejemplo histórico de una fe que no se quedó en palabras. Casper ten Boom, sus hijas Corrie y Betsie, y otros miembros de su familia eran cristianos comprometidos con servir a Dios y ayudar a quienes lo necesitaban. Cuando los nazis ocuparon Holanda, su hogar y relojería se convirtieron en refugio para judíos perseguidos y miembros de la resistencia neerlandesa. La familia participó en una red que ayudó a salvar a cientos de personas. El 28 de febrero de 1944, los nazis allanaron la casa y arrestaron a varios miembros de la familia. Sin embargo, las seis personas que estaban escondidas detrás de una pared falsa no fueron descubiertas durante la redada. La familia había puesto en riesgo su propia seguridad porque sus convicciones cristianas los impulsaban a proteger a quienes estaban en peligro.
La casa de los Ten Boom no fue recordada simplemente por sus paredes, sus muebles o el negocio que funcionaba allí. Fue recordada por lo que sucedió dentro de ella: personas que tomaron en serio su fe y estuvieron dispuestas a vivir conforme a sus convicciones, aun cuando hacerlo les costara mucho. Su ejemplo nos invita a considerar qué está formando el carácter de nuestro propio hogar. ¿Qué aprenderán nuestros hijos al observarnos? ¿Verán que la verdad de Dios gobierna nuestras palabras y decisiones, o solamente escucharán que hablamos de ella?
No podemos convertir nuestro hogar en un lugar perfecto, porque todos seguimos necesitando la gracia y la corrección de Dios. Pero sí podemos decidir que será un lugar donde se reconoce la verdad, se confiesan los errores, se cumple la palabra y se busca obedecer al Señor. Cuando fallamos, no necesitamos esconderlo ni fingir que somos perfectos; necesitamos humillarnos, corregir lo que hemos hecho y volver a caminar en verdad.
Dios quería que Jerusalén fuera conocida como una Ciudad de la Verdad. ¿Por qué no comenzar hoy a edificar un hogar donde la verdad de Su Palabra se vea en nuestra manera de vivir?
Leer: Zacarías 8-14, Proverbios 30-31 y escribir Salmos 119:169-176
Según Zacarías 9:12, ¿cómo describe Jehová a los prisioneros a quienes llama a volver a la fortaleza?
