¿No tenemos todos un mismo padre?
“¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando el pacto de nuestros padres?”
Malaquías 2:10
Malaquías 2:10 nos lleva a reflexionar sobre algo que fácilmente podemos pasar por alto: nuestra relación con Dios debe afectar la manera en que tratamos a las personas que nos rodean.
El pueblo de Israel afirmaba pertenecer a Dios, pero su conducta estaba mostrando deslealtad unos contra otros. Por eso, Dios les hace una pregunta que toca directamente su corazón: “¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios?” En otras palabras, les estaba recordando que su relación con Él debía reflejarse en la manera en que se trataban.
Este principio sigue siendo profundamente importante para nosotros. Podemos decir que amamos a Dios, buscarle en oración, leer Su Palabra y congregarnos, pero nuestra relación con Él también debe reflejarse en nuestras relaciones. La verdadera comunión con Dios transforma nuestra manera de hablar, perdonar, cumplir nuestra palabra, tratar a nuestra familia y relacionarnos con los demás.
El versículo utiliza una palabra muy fuerte: “deslealmente”. La deslealtad ocurre cuando rompemos la confianza, no cumplimos lo que debemos, engañamos, actuamos con injusticia o hacemos deliberadamente aquello que puede dañar a otra persona. Dios considera esto seriamente porque no solamente afecta una relación humana; también va en contra de los principios que Él nos ha dado.
Por eso, este pasaje nos invita a examinarnos. Quizá hay pequeñas áreas donde necesitamos corregir nuestra conducta: una palabra que no hemos cumplido, una actitud de resentimiento, una falta de perdón, una conversación en la que hemos hablado mal de alguien o una promesa que hemos tomado a la ligera. Dios no solamente mira lo que hacemos cuando estamos delante de Él; también mira cómo vivimos cuando estamos delante de los demás.
Jesús enseñó este mismo principio cuando dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Nuestro amor hacia Dios debe hacerse visible en nuestro trato hacia las personas.
Esto es especialmente importante dentro de la familia. Las personas más cercanas a nosotros son precisamente aquellas que pueden experimentar con mayor frecuencia nuestro carácter real. Podemos ser amables con otras personas y, sin embargo, ser impacientes, ásperos o indiferentes con quienes viven en nuestra propia casa. Nuestra espiritualidad también se manifiesta allí.
Tal vez Dios quiere enseñarnos a ser más fieles con nuestra palabra, mostrarnos la necesidad de pedir perdón o ayudarnos a dejar atrás una actitud de orgullo. No se trata simplemente de intentar ser mejores personas por nuestro propio esfuerzo, sino de permitir que Dios transforme nuestro corazón para que nuestra conducta sea coherente con nuestra identidad como hijos Suyos.
Malaquías 2:10 comienza recordándonos algo importante: tenemos un mismo Creador. Que nuestra vida no diga una cosa con los labios y otra con nuestras acciones. Que quienes nos conocen de cerca puedan ver que nuestra relación con Dios produce en nosotros fidelidad, amor, misericordia e integridad.
Este día, examine su corazón y pregúntese: ¿Hay alguna relación en mi vida en la que Dios me esté llamando a ser más fiel, amoroso, paciente o íntegro?
Video de hoy: https://youtu.be/POO7oxkxT40
Leer: Malaquías 1-4, Proverbios 1 y Salmos 1-3
Pregunta: Según Malaquías 2:17, ¿en qué se ha cansado Jehová?
