¿Quién puede ser un discípulo?

“Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento”.

Mateo 9:12-13


Cuando los fariseos vieron a Jesús sentado a la mesa con publicanos y pecadores, preguntaron a Sus discípulos por qué Su Maestro comía con gente de esa clase. La crítica no era pequeña. Para ellos, la mesa era un lugar de identidad. Quien compartía el pan con los despreciados se contaminaba. Mateo mismo, llamado poco antes desde el banco de los tributos, era la prueba viva de lo que les escandalizaba. Jesús oyó la queja y respondió con una frase sencilla y profunda: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. Él no había venido a confirmar a los que ya se creían sanos. Había venido a llamar a pecadores al arrepentimiento.


Los que criticaban se consideraban sanos. Jesús no se detuvo en ese momento a discutir si de verdad lo eran. Lo más probable es que no estuvieran tan bien como creían. El punto era otro. Él había venido por los enfermos. Mientras los religiosos trazaban requisitos para decidir quién merecía acercarse, Jesús iba hacia los que más necesidad tenían. El publicano Mateo, los pescadores rudos, el cobrador odiado por su pueblo: ninguno de ellos habría pasado una entrevista de contratación si el criterio hubiera sido el de los fariseos. El Evangelio pone el mundo al revés. El que se cree justo queda fuera del llamado, y el que reconoce su enfermedad es el que el Médico busca.


La historia de John Newton lo muestra con claridad. Nació en Londres en 1725. Perdió pronto a su madre, se apartó de toda instrucción cristiana y llegó a ser capitán de barcos dedicados al tráfico de esclavos. 


Traficaba con vidas humanas y se jactaba de su dureza. En mayo de 1748, atrapado en una tormenta violenta en el Atlántico, creyó que el barco se hundiría. En medio del pánico gritó: “Señor, ten misericordia”. Sobrevivió. Aquel día marcó el inicio de un cambio que no fue inmediato ni limpio, pero que fue real. Abandonó el tráfico de esclavos, llegó a ser pastor anglicano y escribió el himno que aún canta la Iglesia: “Sublime gracia”. En su epitafio pidió que se recordara que había sido infiel y libertino, servidor de esclavos en África, y que por la rica misericordia de Jesucristo fue preservado, restaurado, perdonado y puesto a predicar la fe que por tanto tiempo había procurado destruir. Sus últimas palabras fueron que él era un gran pecador y que Cristo era un gran Salvador.


Newton no era material de discípulo según el criterio de los sanos. Era exactamente el enfermo al que Jesús dijo haber venido. Lo mismo ocurrió con Mateo en aquella casa. Lo mismo puede ocurrir con usted. El peligro no está en haber pecado mucho. El peligro está en creerse tan sano que ya no necesita médico. Jesús no pone el requisito de una vida presentable antes del llamado. Pide arrepentimiento. La misericordia que Él quiere no es un sentimiento blando. Es la decisión de ir hacia el que está enfermo, de sentarse a la mesa con el que el mundo descarta, y de confiar que Dios hace por medio de siervos obedientes lo que ningún comité de selección habría aprobado.


Dios quiere usarle hoy. No tiene que calificar, solo permitirle de transformarle.


Leer: Mateo 9-10, Proverbios 5 y Salmo 13-15

¿Cómo se llamaba los doce discípulos? 

¿Cuántos nombres podría decir sin ver el pasaje?