Contempla una vida que buscó primero el reino de Dios
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”.
Mateo 6:33
Hoy queremos contemplar la vida de una valiente misionera a la que Dios usó de una manera maravillosa: Lillian Trasher.
Lillian nació en Estados Unidos en 1887. Desde joven tenía un deseo profundo de servir a Dios. Ella misma contó que, cuando era niña, oró: “Señor, si puedo hacer algo por Ti, dímelo y lo haré”. Años después, esa sencilla oración se convirtió en una realidad que cambiaría la vida de miles de personas.
Lillian había trabajado con niños en un orfanato en Estados Unidos, donde aprendió a cuidar bebés, enseñar y administrar con muy pocos recursos. Más adelante, sintió el llamado de Dios a ir a África. Estaba comprometida para casarse con un joven ministro, pero él no compartía su llamado a las misiones. Lillian decidió cancelar su compromiso y seguir el llamado que Dios había puesto en su corazón.
En 1910 llegó a Asyut, Egipto, junto con su hermana Jennie. Ella no sabía exactamente cómo Dios iba a usarla, pero estaba dispuesta a obedecer. Poco tiempo después de llegar, Lillian fue llamada para visitar a una mujer que estaba muriendo. La mujer tenía una pequeña bebé que estaba gravemente desnutrida. Después de que su madre murió, Lillian supo que la abuela pensaba arrojar a la bebé al río Nilo. ¡Lillian no pudo abandonarla! Tomó a la pequeña en sus brazos, la llamó Fareida y decidió cuidarla. Así comenzó el orfanato de Asyut en 1911.
Lo que comenzó con una pequeña bebé llegó a convertirse en un hogar que durante décadas recibió a miles de niños, además de viudas y otras personas necesitadas. Lillian llegó a ser conocida como “Mamá del Nilo”. No tenía grandes recursos y muchas veces tuvo que confiar en Dios para recibir lo necesario. Pero Dios le había dado talentos especiales: un corazón lleno de compasión, fe para confiar en Él y habilidades para cuidar, enseñar y administrar. Durante aproximadamente cincuenta años sirvió en Egipto, atravesando dificultades, cambios políticos e incluso los años de la Segunda Guerra Mundial.
¿No es esta una hermosa ilustración de Mateo 6:33? Jesús dijo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”.Lillian puso los propósitos de Dios por encima de sus propios planes. Dejó atrás su país, sus sueños personales y la seguridad de lo conocido para obedecer al Señor. Y Dios usó esa obediencia para alcanzar vidas.
Lillian no solamente alimentó a los niños, les dio ropa y les enseñó. También les habló de Jesús. Su ministerio nos recuerda que servir a Dios no siempre comienza con grandes oportunidades. A veces comienza con una persona que necesita ayuda, un niño que necesita que alguien le enseñe, una responsabilidad que debemos cumplir con fidelidad o una necesidad que otros han pasado por alto. Cuando ponemos a disposición del Señor lo que ya tenemos, Él puede usarlo para mucho más de lo que imaginamos.
Dios también le ha dado talentos y habilidades especiales. Quizá sabe cantar, enseñar, ayudar, escuchar, trabajar con sus manos, animar a otros o mostrar compasión. Esas habilidades no fueron dadas por accidente. Pueden convertirse en herramientas para servir al Señor cuando decidimos ponerlas en Sus manos. No necesitamos esperar una oportunidad extraordinaria para comenzar a servirle; podemos buscar Su reino primero en las responsabilidades, las personas y las oportunidades que Él ya ha puesto delante de nosotros.
Lillian dijo sí a Dios con todo lo que tenía. Y Dios hizo cosas mucho mayores de las que ella probablemente podía imaginar. Contemple hoy su ejemplo y pregúntese: ¿Estoy poniendo primero el reino de Dios en mis planes, mis talentos, mi tiempo y mis decisiones? No se trata solamente de estar dispuesto a hacer algo grande para Dios, sino de estar dispuesto a obedecerle en aquello que Él pone delante de nosotros cada día.
Busque primeramente el reino de Dios. Confíe en Él. Y esté dispuesto a decir: “Señor, si puedo hacer algo por Ti, dímelo y lo haré”.
Leer: Mateo 5-6, Proverbios 3 y Salmos 7-9
Pregunta: ¿Cómo debemos tratar a nuestros prójimos?
