Lo que el hombre sembra
“Y dijo Harbona, uno de los eunucos que servían al rey: He aquí en casa de Amán la horca de cincuenta codos de altura que hizo Amán para Mardoqueo, el cual había hablado bien por el rey. Entonces el rey dijo: Colgadlo en ella. Así colgaron a Amán en la horca que él había preparado para Mardoqueo”.
Ester 7:9-10
La segunda mitad del libro de Ester nos muestra uno de los ejemplos más impactantes de la justicia de Dios. Amán era un hombre consumido por el orgullo. No le bastaba con tener poder, riqueza e influencia. Quería que los demás se inclinaran delante de él. Su problema nunca fue simplemente Mardoqueo; su problema era que había alguien que se negaba a darle la honra que él creía merecer.
La negativa de Mardoqueo hirió tanto su orgullo que Amán decidió no solo destruir a un hombre, sino exterminar a todo un pueblo. Así actúa el orgullo cuando se le permite crecer. Lo que comienza como una ofensa personal puede convertirse en odio, venganza y destrucción.
Pero mientras Amán elaboraba sus planes, Dios estaba obrando silenciosamente detrás de cada acontecimiento. Mientras Amán construía una horca para Mardoqueo, Dios preparaba el camino para exaltar a Su siervo. El resultado fue asombroso: la misma horca que Amán preparó para otro terminó siendo el instrumento de su propia muerte.
Aquí vemos un principio que se repite en toda la Escritura: “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7). Amán sembró orgullo y cosechó humillación. Sembró odio y cosechó juicio. Sembró muerte y encontró muerte.
La historia también nos muestra que su familia compartía ese mismo espíritu. Su esposa Zeres y sus amigos alimentaron su orgullo y fueron quienes le aconsejaron construir la horca para Mardoqueo. En lugar de corregirlo, fortalecieron su amargura y deseo de venganza. Una familia puede ser una influencia para el bien o para el mal.
En contraste, Dios usó a personas humildes. Ester arriesgó su vida para salvar a otros. Mardoqueo permaneció fiel sin buscar reconocimiento personal. Ninguno intentó exaltarse, pero Dios los exaltó en Su tiempo. Tal como enseña la Biblia, Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.
Es fácil ver el pecado de Amán, pero también debemos examinar nuestro corazón. ¿Buscamos la aprobación de Dios o la de los hombres? ¿Nos alegra el éxito de otros o nos incomoda? ¿Estamos sembrando humildad o orgullo?
La historia de Amán nos recuerda que Dios sigue gobernando sobre los asuntos de los hombres. El orgullo siempre conduce a la caída, mientras que la humildad encuentra gracia delante de Dios. Lo que sembramos hoy, lo cosecharemos mañana.
Leer: Ester 6-10; Salmos 133-135; Proverbios 31
¿Qué recompensa había recibido Mardoqueo por descubrir el complot contra el rey antes de la noche en que el rey no pudo dormir?
