Pureza que trae comunión

“Así apartaréis de sus inmundicias a los hijos de Israel, para que no mueran en sus inmundicias, por haber contaminado Mi tabernáculo que está entre ellos”.

Levítico 15:31


La palabra pureza muchas veces se asocia solo con lo externo, pero en la Biblia la pureza es un asunto del corazón que se refleja en toda nuestra vida. En Levítico 14 y 15, Dios instruye a Su pueblo sobre la limpieza y la impureza, no para oprimirlos con reglas, sino para enseñarles que Su presencia es santa y que Él desea habitar en medio de un pueblo apartado para Él.


Dios no ignora la condición humana. Reconoce la fragilidad del cuerpo, las enfermedades y los procesos naturales. Aunque Su diseño es perfecto, aun en medio de estas realidades establece un camino de restauración. La impureza no era el final de la historia; siempre había un proceso para volver a estar limpio y restaurado delante de Dios. “Así apartaréis de sus inmundicias a los hijos de Israel, para que no mueran en sus inmundicias, por haber contaminado Mi tabernáculo que está entre ellos”. Levítico 15:31


Este versículo revela el corazón de Dios: Él es santo, pero también cercano. La pureza era necesaria porque Dios habitaba en medio del pueblo. Hoy, esta verdad sigue vigente, pero con un significado aún más profundo: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” 1 Corintios 3:16


La pureza no es solo un requisito externo; es una respuesta de amor a un Dios que vive en nosotros. Así como el leproso era examinado y luego restaurado, Dios también examina nuestro corazón, no para condenarnos, sino para sanarnos y limpiarnos: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos”. Salmos 139:23


Levítico 14 nos recuerda que la limpieza requería sacrificio, sangre y obediencia. Esto apunta claramente a Cristo, quien hizo posible una purificación perfecta y definitiva: “La sangre de Jesucristo Su Hijo nos limpia de todo pecado”. 1 Juan 1:7


Gracias a Jesús, ya no vivimos esclavos del temor a la impureza, pero sí somos llamados a vivir conscientemente apartados para Dios. La pureza protege nuestra comunión con Él y con los demás: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. Mateo 5:8


La pureza no significa perfección, sino un corazón sensible que reconoce su necesidad de Dios y vuelve a Él cada día. Cuando fallamos, no nos quedamos fuera del campamento; corremos al Padre que limpia, restaura y renueva: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”. Salmos 51:10


Lo que permitimos en nuestra vida influye en otros; nuestras acciones tienen impacto comunitario. Dios enseñó a Su pueblo a distinguir entre lo común y lo santo, y a cuidar Su presencia entre ellos.


Leer: Levítico 14–15; Salmos 45; Proverbios 5

Pregunta: Cuando el leproso fuere sano, ¿qué hará al séptimo día?