El aceite puro: luz continua ante el Señor

“Y mandarás a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de olivas machacadas, para el alumbrado, para hacer arder las lámparas continuamente. En el tabernáculo de reunión, afuera del velo que está delante del testimonio, las acomodará Aarón y sus hijos delante de Jehová desde la tarde hasta la mañana; será estatuto perpetuo para sus descendientes, de generación en generación entre los hijos de Israel”.

Éxodo 27:20-21


En las instrucciones que Dios dio a Moisés para el tabernáculo, el aceite para las lámparas ocupa un lugar destacado. Este mandato no era solo práctico, sino profundamente simbólico, revelando el deseo del Señor de una adoración constante y pura entre Su pueblo. En medio del desierto, los israelitas recibieron detalles precisos para mantener una luz que nunca se apagara ante la presencia de Dios.


El proceso para obtener este aceite puro era cuidadoso y exigente. En la antigua Israel, las olivas se recolectaban golpeando suavemente las ramas con varas, cuidando de no dañar el fruto. Para el aceite destinado al servicio sagrado –llamado “aceite machacado” o “batido”–, no se usaban prensas pesadas como en la producción común. En su lugar, las olivas se trituraban delicadamente en morteros o se machacaban con cuidado. Luego, la pulpa se colocaba en cestas finas, permitiendo que el aceite virgen goteara de forma natural, sin presión forzada. Este método producía un aceite claro, limpio y sin impurezas, capaz de arder con una llama constante y brillante. Cualquier contaminación o residuo lo hacía inadecuado para el tabernáculo. Los israelitas lo aportaban como ofrenda colectiva, un acto de obediencia y generosidad que sostenía el culto continuo.


Este aceite no existía aislado del sistema sacrificial. Mientras en el atrio exterior se ofrecían holocaustos y otros sacrificios en el altar de bronce –representando expiación, consagración y comunión–, el aceite puro alimentaba las lámparas del candelero de oro en el lugar santo. Esta luz permanente iluminaba el espacio donde se encontraba el pan de la proposición y el altar del incienso, símbolos de la provisión divina y la oración constante. Quemar el aceite era en sí mismo un sacrificio perpetuo, ya que su combustión ininterrumpida ante el velo del testimonio manifestaba la presencia continua de Dios entre Su pueblo. Además, en las ofrendas de harina fina (Levítico 2:1-16), el aceite se mezclaba o se derramaba sobre ellas, simbolizando la santificación y la aceptación de la ofrenda ante el Señor. De esta manera, el aceite puro representaba la pureza requerida en toda adoración: un corazón entregado sin reservas, libre de las impurezas del mundo. Mientras los sacrificios sangrientos apuntaban a la redención, el aceite evocaba la vida dedicada y la luz que guía al pueblo en su relación con Dios.


Este pasaje nos invita a considerar nuestra propia entrega al Señor. Así como los israelitas proveían aceite puro para mantener la luz encendida, Dios nos llama a ofrecer lo mejor de nosotros en un servicio continuo y santo. Que en nuestra vida diaria procuremos esa pureza y constancia, permitiendo que nuestra adoración arda sin interrupción delante de Él, como estatuto perpetuo de generación en generación.


Video de hoy: https://youtu.be/iClkZfDARfM


Leer: Éxodo 25-27; Salmo 33; Proverbios 26

¿Quién financió todo la construcción del Tabernaculo?