Dinero en los bolsillos y ninguna tienda donde gastarlo
"Y Jehová dio gracia al pueblo delante de los egipcios, y les dieron cuanto pedían; así despojaron a los egipcios".
Éxodo 12:36
En el clímax de la liberación más dramática de la historia, los israelitas no salen de Egipto como fugitivos empobrecidos, sino cargados de tesoros. Tras las diez plagas que humillaron al faraón y a sus dioses, el pueblo egipcio, desesperado y temeroso, presiona a los hebreos para que se marchen de inmediato. Moisés había instruido al pueblo: pidan joyas de plata y oro, y vestidos finos. Y lo increíble sucede: los egipcios no solo acceden, sino que entregan generosamente todo lo solicitado. Dios había puesto gracia en los corazones de sus opresores, convirtiendo siglos de esclavitud en una provisión abundante en el momento exacto de la salida.
Los israelitas llevaban consigo riquezas impresionantes: oro, plata, telas preciosas…una especie de compensación divina por generaciones de trabajo forzado y maltrato. Sin embargo, al adentrarse en el desierto, surge una paradoja fascinante: tenían “dinero en los bolsillos” (o más bien, tesoros en las manos), pero no había un solo mercado, tienda ni oportunidad para gastarlo. El desierto era vasto, árido y vacío de comercio. Todo lo que poseían no servía para compras inmediatas, sino como recordatorio de que Dios provee de formas inesperadas y soberanas.
Las plagas mismas habían sido milagros tras milagros: agua convertida en sangre, ranas, piojos, moscas, peste en el ganado, úlceras, granizo, langostas, tinieblas y finalmente la muerte de los primogénitos. Cada una demostró el poder absoluto de Jehová sobre la naturaleza, los ídolos falsos y el endurecido corazón humano. Pero la provisión final no fue solo un escape; fue una inversión divina. Dios no libera para dejar en la indigencia; Él invierte las circunstancias de opresión en bendición abundante.
Cuántas veces nos consumen las preocupaciones por lo material y temporal: las cuentas, el trabajo, las necesidades del mañana. Nos inquietamos pensando en lo que podría faltar, en cómo “pagar” o “sobrevivir”.
Sin embargo, el mismo Dios que hizo que los egipcios entregaran voluntariamente sus bienes no está limitado por nuestras realidades económicas, laborales o circunstanciales. Él suplirá todo conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Filipenses 4:19). A menudo, es en los “desiertos” —momentos de escasez aparente, transiciones difíciles o pruebas prolongadas— donde Él se revela más tangible y fiel. No necesitamos “tiendas” abiertas a la vista; Él es la fuente misma de toda provisión.
Los israelitas no tuvieron que negociar ni trabajar extra en el último minuto para asegurar su futuro; Dios ya había orquestado todo. Lo que parecían riquezas inútiles en el desierto se convirtieron más adelante en materiales para el tabernáculo, en ofrendas voluntarias y en testimonio vivo de su cuidado. Lo temporal puede preocuparnos, pero el Proveedor eterno nunca falla.
Confía hoy en que, aunque el camino parezca desierto y sin opciones visibles, Él ya ha preparado lo necesario. Salga de su “Egipto” personal no con miedo, sino con gratitud por el Dios que provee abundantemente, incluso cuando no hay dónde “gastar”.
Leer: Éxodo 10-12; Salmos 27-28; Proverbios 21
¿De qué tipo de sacrificio tenían que aplicar la sangre y cuáles son las cosas importantes representadas allí?
