Porción de un día

“Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no”.

Éxodo 16:4


El pueblo de Israel había sido libertado de la esclavitud, pero ahora se encontraba en el desierto. El hambre, el cansancio y la incertidumbre comenzaron a hacerlos dudar. Extrañaban Egipto, aunque Egipto había sido un lugar de esclavitud. Esta escena revela una realidad muy humana: a veces preferimos la esclavitud conocida antes que la libertad incierta. Los tiempos en el desierto siempre tienen propósitos, hay más hambre, sed y mucha tentación de regresar atrás.


En medio de sus quejas, Dios no responde con rechazo, sino con gracia. Él dice: “Haré llover pan del cielo”. No solo promete provisión, sino una provisión sobrenatural. El maná no venía de la tierra, venía del cielo. Esto nos enseña que hay momentos en los que Dios no solo usa recursos humanos para bendecirnos, sino que Él mismo se convierte en la fuente directa de nuestra provisión.


Pero Dios establece una condición: debían recoger solo la porción diaria. No podían acumular para el mañana. Esto no era una regla arbitraria; era una escuela espiritual. Dios estaba enseñando a su pueblo a confiarle el futuro, a vivir en dependencia diaria, a caminar por fe y no por control. El maná no solo alimentaba el cuerpo, formaba el corazón.


Aquí vemos una verdad profunda: Dios no solo está interesado en suplir nuestras necesidades, está interesado en formar nuestra carácter en medio del desierto. 


Cada mañana, el pueblo tenía que salir a recoger el pan. No caía directamente en sus tiendas. Tenían que levantarse, obedecer, caminar y confiar. Esto nos muestra que la provisión de Dios requiere participación. La fe no es pasiva, es una respuesta activa a lo que Dios ya prometió.


Dios mismo dice que esto era una prueba: “Para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no”. La prueba no era el hambre, la prueba era la obediencia. A veces pensamos que las pruebas son solo sufrimiento, pero muchas veces las pruebas vienen en forma de instrucciones sencillas: confiar, esperar, obedecer, no adelantarse, no acumular, no controlar.


El desierto se convierte así en una escuela de fe. Una escuela donde Dios enseña: dependencia, confianza, obediencia, humildad, constancia, disciplina espiritual.


Y lo más hermoso es que Dios no dejó caer el maná una vez, sino todos los días. Esto nos revela que Su fidelidad no es ocasional, es constante. Su provisión no es por temporadas, es diaria. Su gracia no se agota, se renueva cada mañana.


Responda en su corazón: ¿Yo _________________ (su nombre) estoy confiando en Dios día a día, o estoy intentando vivir de mis propias reservas espirituales, emocionales o materiales? ¿Busco a Dios solo en crisis, o lo busco cada mañana? ¿Dependo de su provisión, o de mi control?


Dios sigue diciendo hoy: “Te daré pan del cielo, pero aprende a confiarme el mañana”.


Leer: Éxodo 16-18, Salmos 30:1-12 y Proverbios 23

¿Cómo era el Maná?