Rachel Saint y su corazón de contemplar a Dios

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días,

Que traigamos al corazón sabiduría”.

Salmos 90:12


Rachel Saint, hermana mayor de Nate Saint, fue una misionera marcada por una fe profunda, una valentía poco común y un amor sincero por Jesucristo. Nació en 1914 en Estados Unidos, y desde joven entendió que su vida no le pertenecía, sino que debía ser entregada completamente al Señor. Su ministerio incluyó la traducción de la Biblia para pueblos indígenas, una labor que requiere paciencia, precisión y una dependencia constante de Dios.


En 1956, su vida cambió para siempre. Su hermano Nate, junto a Jim Elliot y otros tres misioneros, fue martirizado por los aucas (waorani) en la selva de Ecuador. El dolor fue real, profundo y humano. No era una historia lejana… era su familia. Sin embargo, en medio de ese sufrimiento, Rachel no permitió que su corazón se llenara de amargura ni de temor.


La razón fue clara: Rachel había aprendido a contemplar a Dios.


Contemplar a Dios no es solo pensar en Él de vez en cuando. Es fijar el corazón en quién Él es—Su carácter, Su fidelidad, Su soberanía—aun cuando las circunstancias parecen incomprensibles. Mientras otros hubieran retrocedido, Rachel decidió confiar. Mientras otros hubieran cerrado la puerta, ella la volvió a abrir… pero esta vez con más fe.


En 1958, Rachel regresó a la selva de Ecuador junto a Elisabeth Elliot. Entraron, con humildad y dependencia en Dios, a la misma comunidad donde los misioneros habían sido asesinados. No fueron con espíritu de venganza, sino con un corazón lleno del amor de Cristo. Con la ayuda de Dayuma, una mujer de la tribu, comenzaron a aprender el idioma waorani, uno de los más complejos, y poco a poco construyeron relaciones basadas en confianza.


Vivir allí no era fácil. Había barreras culturales, peligros reales y muchas incomodidades. Sin embargo, Rachel permaneció. Día tras día, año tras año, eligió quedarse. Su vida no fue impulsada por emociones momentáneas, sino por una decisión firme: seguir a Dios donde Él la había llamado.


Y Dios obró. Con el tiempo, muchos de los waorani dejaron atrás la violencia y la venganza. Escucharon el evangelio, creyeron en Jesucristo y experimentaron una transformación real. Rachel no solo llevó palabras… llevó una vida que reflejaba a Cristo. Todo esto fue posible porque ella no vivía enfocada en el dolor del pasado ni en el miedo del presente. Vivía contemplando a Dios.


Cuando una persona contempla verdaderamente a Dios:

- aprende a confiar aunque no entienda

- encuentra fuerzas para perdonar lo imperdonable

- permanece firme cuando otros se rinden

- vive con propósito eterno, no temporal


Rachel nos recuerda que la vida cristiana no se trata solo de hacer cosas para Dios, sino de mirarlo a Él continuamente. De allí fluye todo lo demás.


Leer: 2 Crónicas 21-24; Salmos 88-90; Proverbios 16

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