El Dios que vive

"No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, Sino a Tu nombre da gloria, Por Tu misericordia, por Tu verdad".

Salmos 115:1


Hace más de doscientos años, los misioneros llegaron a las montañas de Birmania (hoy Myanmar) para llevar el evangelio a un pueblo llamado los Karen. Durante generaciones, ellos habían vivido con temor a los espíritus y adoraban ídolos hechos por manos humanas. Les ofrecían sacrificios y buscaban su favor, pero nunca encontraban paz.


Sin embargo, conservaban una antigua tradición. Creían que sus antepasados habían conocido al Dios verdadero, pero que habían perdido Su Libro. Esperaban que algún día alguien llegara para traerles nuevamente ese mensaje.


Años después de la llegada del misionero Adoniram Judson a Birmania, otro misionero llamado George Dana Boardman comenzó a predicar entre los Karen. Uno de los primeros convertidos fue Ko Tha Byu, un hombre cuya vida había estado marcada por el pecado, pero que fue transformado por el poder del evangelio. Él comenzó a recorrer las aldeas anunciando el mensaje de Cristo.


Muchos Karen, al escuchar el evangelio, respondían con emoción: "¡Este es el Dios que nuestros antepasados esperaban! ¡Este es el Libro que habíamos perdido!" Miles abandonaron la adoración a los ídolos y pusieron su fe en el Dios vivo.


Qué apropiadas resultan las palabras del Salmo 115. El salmista describe a los ídolos diciendo: "Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen, mas no oyen… manos, mas no palpan; tienen pies, mas no andan". Los dioses que los Karen habían adorado durante siglos nunca pudieron responder una oración, escuchar un clamor ni cambiar una vida, porque eran obra de manos humanas.


Nuestro Dios es completamente diferente. Él habla por medio de Su Palabra. Él ve cada lágrima. Él escucha cada oración. Él extiende Su mano para sostenernos y Su poder para salvarnos. Él no es una imagen hecha por el hombre; es el Dios vivo, Creador del cielo y de la tierra.


Por eso el salmo comienza diciendo: "No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, Sino a Tu nombre da gloria". Toda la gloria le pertenece únicamente a Él. No somos nosotros quienes cambiamos vidas; es Dios. No es nuestra fuerza la que sostiene la obra; es Su poder. No es nuestra sabiduría la que transforma corazones; es Su gracia.


Quizá usted no se incline hoy ante una estatua de madera o de piedra. Sin embargo, cualquier cosa que ocupe el lugar que solo Dios merece puede convertirse en un ídolo: el dinero, el éxito, la comodidad, el reconocimiento o incluso la confianza en uno mismo. Ninguno de ellos puede dar paz verdadera, perdonar pecados o conceder vida eterna.


Solo hay un Dios que vive. Solo Él escucha. Solo Él salva. Y solo Él es digno de recibir toda la gloria.


Leer: Salmos 115–118, Juan 1–2 y Proverbios 6

Según el Salmo 115, ¿cuáles son las tres cosas que el salmista dice que Dios "se acordó" de bendecir?