No olvidamos a nuestro Hacedor

“A mí clamará Israel: Dios mío, te hemos conocido”.

Oseas 8:2


Israel tenía un problema muy serio. Habían pecado contra Dios, habían establecido sus propios reyes y príncipes, habían hecho ídolos y habían seguido sus propios caminos. Sin embargo, cuando clamaban a Dios podían decir: “Dios mío, te hemos conocido”. ¡Qué contraste! Decían que conocían a Dios, pero sus vidas demostraban que habían decidido vivir sin Él.


En Oseas 8 encontramos un pueblo que quería tener a Dios en sus palabras, pero no en el gobierno de su vida. Querían hablar de Dios, pero hacer las cosas a su manera. Establecían reyes sin consultar a Dios, fabricaban ídolos, acumulaban riquezas y realizaban actividades religiosas, pero sus corazones estaban lejos de Aquel que decían conocer. Incluso podían ofrecer sacrificios y decir que lo hacían para Dios, pero el Señor les mostró que sus sacrificios no eran aceptables porque sus corazones no estaban rendidos a Él.


Y entonces encontramos una de las frases más tristes de todo el capítulo: “Israel olvidó a su Hacedor”. ¡Habían olvidado a su Hacedor! El mismo Dios que los había creado, escogido, protegido y bendecido había sido desplazado de sus decisiones. Querían las bendiciones de Dios, pero no Su gobierno. Querían hablar de Dios, pero vivir según sus propios deseos.


¿Y nosotros? Podemos decir: “Conozco al Señor”. Podemos llamarnos cristianos, asistir a la iglesia, cantar himnos, leer la Biblia, orar y hablar acerca de Dios. Pero podemos hacer todas esas cosas y, al mismo tiempo, vivir nuestra vida como si Dios no tuviera derecho a decirnos cómo pensar, cómo hablar, cómo administrar nuestro dinero, cómo criar a nuestros hijos, cómo tratar a otros o qué decisiones debemos tomar. Podemos tener una relación con Dios en nuestros labios y una vida gobernada por nosotros mismos.


Ese es el peligro. No fuimos creados para hacer nuestra propia voluntad. Tenemos un Hacedor. Él nos creó y, como Sus hijos, debemos buscar Su voluntad, escuchar Su Palabra y caminar en Sus caminos. La verdadera evidencia de que conocemos a Dios no está solamente en lo que decimos acerca de Él, sino también en cómo respondemos cuando Su Palabra contradice nuestros deseos, cambia nuestros planes o nos llama a hacer algo que no queremos hacer.


Esta semana, que nuestra oración no sea simplemente: “Dios mío, te conozco”. Que nuestra vida demuestre que realmente le conocemos. Señor, ayúdame a no vivir a mi manera ni olvidar a mi Hacedor. Que no solamente diga que Te conozco, sino que mi vida demuestre que verdaderamente Te sigo. No quiero hacer mi propia voluntad y después pedirte que la bendigas; quiero conocer Tus caminos, obedecer Tu Palabra y vivir para Ti.


Podemos decir que conocemos a Dios y, sin embargo, vivir como si lo hubiéramos olvidado. No olvidemos a nuestro Hacedor.


Leer: Oseas 8-14, Proverbios 20 y escribir Salmo 119:113-120

¿Qué hizo Jehová por Efraín que Efraín no reconoció?