Despierto, y aún estoy contigo
“¡Cuán preciosos me son, oh Dios, Tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; Despierto, y aún estoy contigo”.
Salmos 139:17-18
Hoy, por un momento, imagine que está contemplando el mar, una montaña con una vista impresionante o el cielo mientras el sol se oculta y el Señor lo pinta de tantos colores. Es muy probable que, por un instante, se sienta pequeño. Sin embargo, el rey David descubrió algo aún más grande que toda la creación: los pensamientos de Dios.
No estaba admirando únicamente el poder del Señor, sino la profundidad de Su mente, la perfección de Su sabiduría y la inmensidad de Su amor. David comprendió que cada pensamiento de Dios es perfecto, santo y lleno de propósito. Intentó imaginarlos, contarlos y comprenderlos… pero fue imposible. Eran más numerosos que los granos de arena.
Qué hermoso es recordar que el Dios que sostiene las galaxias también piensa en nosotros. Y más maravilloso aún es saber que Sus pensamientos hacia nosotros siempre son pensamientos de amor, gracia y propósito. Nuestra mente es limitada. Muchas veces nos preocupamos por el mañana, nos confundimos con las circunstancias o creemos que el camino terminó porque no vemos una salida. Pero Dios nunca improvisa. Él jamás se sorprende por una noticia, nunca pierde el control y nunca necesita cambiar Sus planes porque algo salió mal. Sus pensamientos son eternos, perfectos y mucho más altos que los nuestros.
Y allí es donde nace la humildad. Cuando contemplamos verdaderamente quién es Dios, dejamos de creer que somos el centro del universo. Entendemos que somos pequeños, dependientes y necesitados de Su gracia. Pero, lejos de hacernos sentir insignificantes, esa verdad nos llena de paz, porque el peso de sostener nuestra vida nunca ha recaído sobre nuestros hombros, sino sobre los Suyos.
Qué descanso produce saber que no necesito entenderlo todo, porque Aquel que gobierna el universo sí lo entiende todo.
David termina diciendo: “Despierto, y aún estoy contigo”. Es como si, después de meditar en la inmensidad de Dios, abriera los ojos cada mañana con una sonrisa en el corazón al descubrir que ese Dios infinito seguía a su lado.
Y esa es también nuestra esperanza. El Dios cuyos pensamientos son incontables no está demasiado ocupado para escucharle. El Dios que conoce cada estrella por su nombre también conoce sus lágrimas. El Dios que gobierna la historia del universo camina con usted en los días sencillos, en las luchas silenciosas y en las noches de incertidumbre.
Hoy vale la pena detenerse unos minutos y simplemente contemplarlo. No para pedir algo, sino para admirarlo. Porque cuando nuestros ojos dejan de enfocarse en nuestros problemas y comienzan a contemplar la grandeza de Dios, el corazón encuentra una paz que ninguna circunstancia puede ofrecer.
Leer: Salmos 133–139, Juan 10–12 y Proverbios 10
¿Con qué compara el salmista el amor fraternal, según el Salmo 133?
