El hombre común y Salvador del mundo

“¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene este todas estas cosas?”

Mateo 13:55-56


Cuando Jesús enseñaba con autoridad en la sinagoga de Su pueblo, quienes Lo habían conocido desde niño quedaron confundidos. No podían explicar cómo sabía tanto de las cosas de Dios. Desde el punto de vista humano, la pregunta era lógica: ¿de dónde aprendió este hombre sencillo, de crianza común, a hablar con tal autoridad? Miraban a Su alrededor y reconocían a María, a Sus hermanos y a Sus hermanas. Conocían la casa, el oficio y la historia familiar. Se preguntaban qué había ocurrido y qué parte del relato se les había escapado.


Jesús vivió en esta tierra en un cuerpo humano común, sujeto a las limitaciones de la carne, pero sin pecado. No dejó de ser el Mesías ni el Salvador del mundo por haber crecido en Nazaret. La familiaridad no anuló Su deidad. Él es Dios, y nunca dejó de ser Dios, aunque tomó forma de hombre. Los que Lo juzgaron por lo visible no vieron al que era en verdad. Midieron al Hijo según la casa del carpintero y perdieron de vista al que había venido del Padre.


Esa misma tentación permanece. Con frecuencia juzgamos por lo que se ve y no por lo que es. Muchos pasaron de largo ante Jesús porque la apariencia exterior no coincidía con la expectativa que tenían del Mesías. Hoy también se exige alguna señal física de Su obra antes de confiar en quién Él es. Se busca un milagro visible, una prueba que se pueda señalar, una confirmación que repose en los sentidos. Sin embargo, Él no necesita demostrarse otra vez para ser digno de confianza. Ya se reveló en la Escritura, y Su palabra permanece firme.


Él está vivo, y sigue interesado en todo lo que ocurre en la vida de usted. No se ha retirado de los detalles ni ha dejado de atender el corazón. No intente ver a Dios con los ojos ni Le exija un milagro para creer. Confíe en Él por quién es. Permita que obre en su interior y en las circunstancias ordinarias, aun cuando no haya señal que mostrar. El que fue conocido como el hijo del carpintero es el Salvador del mundo, y Su autoridad no depende de lo que los hombres alcancen a reconocer.


Leer: Mateo 13-14, Proverbios 7 y Salmos 19-21

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